viernes, 21 de febrero de 2014

Dolo, luego existo.


Dolo, luego existo.




“Esperando la noche”. Fragmento de la obra pictórica del autor jiennense Antonio Hervás Amezcua.


 Dolo, luego existo

              Embutido de recuerdos una mañana más como prenda y regalo de tanta desidia. Frío invierno recién estrenado, atisbo áspero, agridulce en el alma e imposibilidad en esta época para mirar al frente, para mirar de frente. 
Sensación que añosamente se repite con una cierta cadencia alrededor de las fechas en que todo ocurrió e impulso casi helado a sentarte delante de un papel que parece que suplica el que no lo emborrones, el que no lo manches con mentiras que de nuevo escarben la superficie de un alma contradictoria, errante y huidiza hacia detrás. ¿Qué contar que no me desnude de nuevo ante los ojos de extraños y que a la vez me permita seguir alimentando la vanidad de quien se cree saber mentir?.
¿Cómo crecer y evidenciar la empatía de un colectivo, identificando unas reseñas y actitudes que nos muestren anexos en nuestro altruismo voluntarioso y vocacional y hacia las necesidades ajenas, aparcando quizá las nuestras propias?.
Mal comienzo, creo. Al final lo descubriré cuando entienda por qué necesito hacer ésto. Partitura que de alguna forma cobrará déficit de armonía. Ofrecimiento de angustia. Sencillez en el sufrimiento. Caos y  vigilante de la oscuridad.
                                  
Atrapado en la noche decidí esta vez hacerlo. Las ruedas del coche sonaron friccionadas sobre el asfalto al golpe de acelerador y sobre la humedad que no solo habitaba el ambiente. La niebla que escupía con arrogancia toda la vega del río también empañaba los cristales, los pensamientos y embriagaba mis conexiones neuronales provocando, ahora quiero entender, cortocircuitos generadores de sufrimiento que me empujaron a ello.
Sufrimiento, palabra repetida, sensación vivida en el compartimiento. Posee un componente subjetivo que se fundamenta por un lado en la estructura genética del individuo y por otro en la propia experiencia que poseemos como personas que nos relacionamos en un entorno muchas veces agrio, insatisfactorio y carente de sentido. Es por lo que no todos reaccionamos de la misma forma al dolor.
Esos eran mis pensamientos en aquella noche de Diciembre. No era la embriaguez la que me estaba provocando esa atmósfera de la que no podía escapar, ni el retumbar aún en mis oídos de aquella música que envolvía el ambiente que acababa de dejar. Aún sentía retenido en mi olfato el olor dulzón del perfume con el que esa chica había pincelado su cuello, lo único que me dejó besar durante los veinte minutos de amor de billetera que me ofreció “aséptica”.
Me refugiaba en todas esas almas con la intención de intentar fundirme en unos mismos caminos de duelo perenne, por no sentirme solo en mi particular interpretación de la existencia humana y en el fondo descubierto de que me gustaban las mujeres, las que regalaban, las que robaban o simplemente las que vendían su amor a pie de carretera.
Todas aquellas ideas me retumbaban en la cabeza, no conseguía apartar de mí aquel intento de auto justificación y repasaba interiormente todos los argumentos tanto tiempo madurados y de los que me había ido convenciendo en esa lucha interior que mantenía conmigo mismo y con mi desesperanza:
“Por lo tanto, una pequeña variación genética provocará diferentes umbrales de resistencia y de interpretación del dolor. Un solo gen es responsable de la capacidad de colorear una experiencia que es verdadera directriz de toda nuestra existencia. Experiencia sobre el sufrimiento y su aceptación o no, que será quien marque, motive y dirija nuestros sueños, anhelos, conformismo y sentimientos en nuestro viaje de vida”.

Estas habían sido siempre mis explicaciones a todos mis pacientes terminales. En sus viajes de muerte y paradoja yo les acompañaba una y mil veces en ese peregrinar que intentábamos fuera vacío de sufrimiento en aquella “Unidad del Dolor”, con el tiempo, dolor de sobremesa, dolor en minúscula, amortiguado por “enfermeras preparadas”.
                 ....................  O  ......................
Sí, existe un reto. Es ésta una canción: conseguir música con las palabras y en estos primeros párrafos ya oigo la melodía de entre líneas que hace dulce sonata de lo espontáneamente premeditado. Poesía congelada. Poesía que te regalo. Mel. Infinita inspiración.
      
                .....................  O ......................

Mi respuesta al dolor, la respuesta al dolor de cualquier persona, de cualquiera de los cientos de pacientes que en mi trayectoria profesional como enfermera me había ido encontrando, sumando a la vez centenas de recuerdos ya inconexos que pasaron a formar parte de mi experiencia de vida, es la respuesta que está desdibujada por nuestra biografía acumulada, que conforma estructura de reacción conseguida independientemente del efecto real que cualquier episodio tenga sobre nosotros.
Nuestra percepción subjetiva, el umbral al que todos nos referimos cuando intentamos explicar por qué no todo el mundo reacciona de la misma forma ante situaciones similares, generó esa noche en mí un torrente de anhelo que calentó la superficie de mi piel de forma inquisitoria y me empujó a experimentar un verdadero dolor, fruto de esa desidia que empecé comentando e inmerso en un juego de vida y posiblemente también de muerte, buscando una historia que me permitiera entregar a mi madre una novela más. En ese momento no me atreví a descubrirme enfermo y tocado, y aceleré dejando atrás el amor cogido con alfileres; quise comprobar que el dolor es la metáfora extrema de nuestra capacidad de sentir. Ese era mi único pretexto pero ya me había preparado ante él químicamente y de forma correcta soltando a mi sangre un parapeto químico de resistencia. Mis endorfinas empezaron su trabajo de anticipo como queriéndome negar mi posibilidad de experiencia:
-Centro coordinador, buenas noches. Accidente en la Nacional IV a la altura del Km 23 con víctima atrapada. Varios vehículos implicados aunque solo un herido.
El ruido de las sirenas y la luz desdibujada por la niebla no me permitían entrar en aquella especie de sopor que me empezaba a rodear el pensamiento. Las voces se acercaban a mí inquiriendo  ayuda y el sonido de los teléfonos móviles sonando cerca no quiso que me durmiera:
-¿Se encuentra bien?. ¿Tiene dificultad para respirar?. No mueva el cuello, por favor. Estamos aquí para ayudarle. Tranquilo.
¿Qué tranquilidad me podía proporcionar un enjambre de gente empeñada en no permitir mi experiencia sobre mi propio dolor?. De haberlo sabido no hubiese elegido un escenario que a todas luces se dibujó caótico en cuestión de minutos. Me imagino que mi empeño último debiera haber sido experimentar un acercamiento solitario a todo aquel mar de dudas sin haber perturbado la existencia de nadie más, pero he aquí, que aquella iba a ser una escena compartida porque, aunque nos empeñemos, no viajamos solos. Ese robo a mi intimidad elegida es lo que en última instancia me proporcionaría un argumento que relatar. Una idea a compartir cada Navidad con todos los pacientes que aún debía acompañar en ese mi ofrecimiento de vocación sentida. Un cuento de Navidad para espectadores que jamás volverían a ver otra. Un cuento para ser contado una sola vez y ya casi parte del propio protocolo de la Unidad. Un clásico sin posibilidad de perpetuarse en sus receptores. Otra paradoja.

-Señor, se encuentra atrapado, no se mueva. En unos minutos vendrán los bomberos a ayudarnos a sacarle. ¿Siente las piernas?. ¿Nota si le estoy tocando?.
No sé cómo, me vi dentro de un pequeño receptáculo cuyo techo estaba decorado de pequeños tubos fluorescentes. Me dañaban la vista, que hasta ese momento había permanecido atenta a la oscuridad que me rodeaba.
Me habían “parado” el cuello con algo que no me permitía moverlo. Me encontraba sujeto a una camilla en el interior de una ambulancia que hasta pasados unos minutos no reconocí como tal. En todos mis años de trabajo nunca había subido a una. Reconozco nuestra ignorancia suma de lo que debe ser el trabajo dentro de una de ellas, en mitad de situaciones que ahogan aún más el espacio dispuesto. Claustrofóbico. Impersonal.
-¿Tiene frío?. Va a sentir un pequeño pinchazo en el brazo. No se asuste, es solo la aguja para colocarle una vía. Ha tenido mucha suerte.
Suerte, palabra fetiche. Me sacó de mi letargo y entonces no me sentí solo. Suerte. Necesitaba encontrarla y se me estaba dibujando delante casi mismo de mis ojos. Al final, debería una explicación y encontré a unas personas incentivadas a escucharme, a auxiliarme, a ayudarme; aunque no quise presentarme como compañera.
Recuerdo haber querido empotrarme contra la base del puente. No cerré los ojos. Vencí el miedo ante el anhelo de experimentar la soledad de ese mi sufrimiento buscado. No es que no quisiera vivir. Es que no entendía mi existencia y buscaba desesperadamente respuestas en un horizonte sin dibujo y sin receptores empáticos.
-En una escala de cero a diez, indíqueme como definiría el dolor que siente.
-¡Cero!. No siento ningún dolor.
-¡Es imposible!. Tiene las dos piernas rotas y una contusión costal que mediante radiografías nos confirmará que seguramente también varias costillas. Ha tenido mucha suerte. Su coche ha colisionado contra la base del puente de ahí atrás y ha alcanzado la mediana y la dirección contraria de la autovía encontrando a varios vehículos que también se han visto implicados.
-Preocúpense entonces de los otros conductores, yo me encuentro bien. Siento mucho haber involucrado a otros.
-Bien, tranquilo. Vamos a analgesiarle, ahora mismo está muy confundido y no es raro que no perciba daño. En el Hospital le harán más pruebas.
-Está claro que usted no me entiende. No me encuentro para nada confundido. No trate de arrebatarme mi dolor. Es lo que en definitiva me queda. Es lo que me hace fuerte, es lo que pienso me hará madurar. Me niego a que me lo roben, no se ponga en mi piel. Se lo agradezco. Ya me conozco ese discurso. Interpreto esa sinfonía casi a diario.

De tanto mirarnos es cierto que no vemos. De tanto buscar, no encontramos. De tanto llamarnos, no oímos. Pero seguimos poseyendo el dolor como algo que nos hace poner los pies en el suelo. Cuando el dolor se pierde, perdemos algo que nos conecta con la realidad a pesar de parecernos en muchas ocasiones incorrecto en su manifestación. Socialmente no aceptado como insignia de poco valer.
Quien oferta dolor, quien lo manifiesta, parece presentarse débil ante los demás. El dolor fecunda en la inseguridad más interior y es disimulado por quien pretende presentarse poderoso, sin fisuras y libre de contradicciones.
Medir mi dolor. Eso es lo que ingenuamente pretendía aquella enfermera después de que yo mismo opté por experimentarlo ante tanta incongruencia como reunía mi existencia. Simplemente no me quería ver arrebatado de ese ejercicio de interpretación que yo pretendía ejecutar de forma voluntaria y en ese intento por conocer qué me estaba provocando tanta desidia y desesperanza.
Intentar medir el dolor de una persona. ¡Qué paradoja!. Si intentáramos medir la cantidad de dolor que una persona recibe o provoca, posiblemente hiciéramos reventar por los aires el laboratorio que se atreviera en el experimento.
Dolor de los pobres, dolor de los ricos, de los refugiados, de los desamparados, de los sin techo, de los opulentos, de los manipuladores, de los enfermos, de las enfermeras, los insanos, los asaltados, los salteadores, los solitarios. Dolor vivo, retratado, inmortalizado, televisado y pregonado. Dolor colectivo, ése que habita la conciencia de una sociedad acostumbrada al “reallity show” como moneda de cambio para las tardes aburridas de Domingo, esas en las que a mí me gusta salir a la calle y observar a la gente, a la gente viva, cuando no me toca trabajar en el hospital ese fin de semana.
Dolor, algo con lo que se comercia, que se compra, que se vende. En este preciso instante me lo querían arrebatar. ¿Qué precio tiene mi dolor?. ¿Cuánto seríamos capaces de pagar por apartarlo de nosotros?. ¿Y por hacernos con él de una forma dulce, efímera, satisfactoria?.
La voz de aquella chica me sonaba familiar, conciliadora en mitad de tanta turbación interior. Abandoné la idea de que fuera quien tuviese que aguantar mis misivas e intenté ser un buen paciente. Había en ella algo que la hacía especial. No sé si su halo triste, su voz o esa inclinación casi enfermiza, enfermera, a querer sufrir conmigo olvidándose posiblemente de sus propios problemas, de sus propias contradicciones también.
Fue la primera vez que intenté suicidarme después de tantas exigencias como mi madre me hacía. Ella empeñada en que concluyese de una vez mi ansiada novela, ésa que me permitiese dejar atrás aquel trabajo portador de tantas tensiones y desesperanzas y jamás sin entender que novela era Yo.
Recuerdo que mi compañera, en aquel primer viaje en ambulancia, no dejó de apretarme la mano durante nuestro traslado al Hospital. Una mano que se descubrió incondicional, cálida y altruista y que me hizo entender cuánto tenía aún por ofrecer.
Asumí que el haberme hecho con aquella experiencia, aunque hubiese sido en un arrebato extremo de desidia, podía haber sido alguna señal que debía aprovechar, compartir. Este viaje si tuvo una vuelta, un retorno arrancado a la misma desesperanza que me empujó a no saber vivir, a hacerlo sin sentido y fue en aquel momento cuando me desprendí de todo tipo de dudas. Entonces sí, cerré los ojos e intenté mantener el anhelo a mis propias ganas de existencia. Apreté fuerte la mano de mi compañera y me abandoné a sus cuidados en aquel amanecer de invierno en que la humedad de fuera casi se podía cortar con los destellos de los primeros rayos de sol de una mañana que se descubrió el principio de una nueva vida, distinta al menos. Carente de miedo.

-Fin-
 




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