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¿Quién puede prescribir?. ¿Quién está prescribiendo?.



Es evidente que, etimológicamente, la Real Academia Española no otorga exclusividad alguna a ningún facultativo, ni médico, ni enfermera, a la hora de definir la “prescripción” y en ese intento de relacionar el término con el “acto de recetar” y de la forma que, acotadamente algunos sectores, no solamente médicos, están pretendiendo. Enfoque pobre, evidentemente, confundiendo una vez más y en ese debate en el que estamos inmersos y que se perpetúa ya desde antes del verano y sin terminar de ser entendido en su completa acepción o sin querer ser entendido de forma premeditada y sectaria y con clara evidencia dirigida también.

Echando mano de una de esas acepciones de la Real Academia Española con las que ya en alguna ocasión alguien ha pretendido justificar y argumentar, yo me quedaría con la de “adquirir un derecho real por el transcurso de cierto tiempo”, como para intentar argumentar en esa misma línea vaga, la posibilidad y derecho de prescripción enfermera que se cuestiona. Y es que tiempo es el que nos sobra para haber demostrado ya que ciertas líneas de trabajo colaborativo que se vienen perpetuando y en muchas ocasiones protocolizando como vertientes de prescripción enfermera son asumidas, respetadas e institucionalizadas y otorgan sin ningún tipo de cuestionamientos, a la Enfermería, “ese derecho real por el transcurso del tiempo”, que no por el amparo legal que se nos niega y que nos deja al descubierto normativo y “con el culo al aire”, y éso que hace tiempo que huimos y denunciamos a la vez fetichismos y minifaldas que decoren a nuestra profesión de forma gratuita.

Pero, y a la vez huyendo de esa interpretación simplista, no puedo nada más que de nuevo referir que circunscribir el concepto o la idea de prescripción enfermera al entorno farmacológico o de receta, es sesgado, malintencionado y evidentemente falso si lo que se pretende es argumentar condicionantes de formación, idoneidad, eficiencia y competencia. Atributos que incuestionablemente encierra nuestra profesión y que lo que reclama es el reconocimiento legislado a la posibilidad más amplia de ser responsables y evaluadores de nuestras propias intervenciones prescritas desde un entorno autónomo, ante situaciones y asistencias en las que se nos exija actuar en beneficio del paciente y sin el participio directo de un médico; situaciones para las que estamos capacitados, contamos con los conocimientos, las habilidades y la actitud cuidadora de forma profesional y que venimos realizando bajo esa idea de beneficencia, no maleficencia y de respeto al derecho de autonomía, algunas veces apoyándonos en la prescripción farmacológica, pero nunca de forma exclusiva y siempre bajo enfoques holísticos.

La sociedad, a la vez, entiende que ante algunas de sus necesidades de salud, la enfermera es el referente más claro, cercano y con potencial de ayuda a la fuerza, conocimientos y voluntad de los pacientes, como para conseguir, mediante prescripciones e intervenciones enfermeras, el mayor grado de autonomía de los mismos y, éso, pasa por la necesidad de prescribir, seguro que algunas veces también recetando, por qué no...

Las recetas se siguen escribiendo en latín, no nos engañemos, al menos ésa debe ser la sensación de muchos pacientes cuando intentan interpretar la cinética que va a sufrir su proceso de enfermedad con la ayuda de lo ahí escrito y sin ninguna información añadida que aclare sus ansiedades y dudas en ese exclusivo acto en que se convierte la receta médica, ése, parece ser que pasaporte casi divino y que parece que se sigue anhelando en ese funambulista salto “a nivel superior” que a muchos galenos conocidos míos los lleva directamente a un palco del Real Madrid, si no a un circuito de los de Praga, Viena y Budapest.

Yo no estoy empeñado en recetar, está claro, mi empeño y mi derecho es el de prescribir y es lo que se está reivindicando, aunque esa prescripción pase a veces por la prescripción farmacológica y el acto burocrático de recetar o rellenar una receta, siendo éste el aspecto mas cuestionado y que, repito, mas intereses ocultos encierra, tanto en el sentido de anhelo como de recelo ante tamaña usurpación que nos haga “iguales”.

No dejaría de ser ridículo el intento de acceso de las enfermeras a las recetas bajo la premisa de que ésta se repita autocopiativamente una y otra vez por parte del médico y pudiéndose entonces y así, ante la fuerza de la desidia y la generosidad provocada por el tedio, tener la posibilidad de repetir el acto para el que tan solo unos pocos tienen potestad casi mística, formación (en Farmacología la misma que las enfermeras), competencias y el apoyo “desinteresado” de la industria y para terminar consiguiendo notoriedad a través de la pluma. ¿Es ésta una idea engendrada, sinceramente, desde el rigor científico y profesional como se pretende defender?.

En España se hacen muchas cosas sin pensarlas objetivamente desde una perspectiva global, sino por la presión de diferentes colectivos. Realmente si, esperemos que en ésto, como en muchas otras cosas, el sentido común de paso a la posibilidad ya manifestada en algunas Comunidades Autónomas de que la prescripción enfermera, así entendida y en su más amplia acepción, sea una realidad consensuada y completamente argumentada y con reflejo legal y normativo. Las enfermeras nos encontramos en la mejor de las disposiciones, en todos los sentidos, de éso no hay duda.


Antonio J. Valenzuela Rodríguez

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